
En varios refugios de Japón, el proceso de adopción de un gato incluye un gesto tan simbólico como conmovedor: además de la firma del adoptante en el contrato de responsabilidad, el felino también deja su “firma” estampando la huella de una de sus patitas con tinta no tóxica, hipoalergénica y de fácil lavado.
De acuerdo con esta práctica, una vez que la familia es aprobada para adoptar, los voluntarios colocan cuidadosamente la patita del gato sobre la tinta especial y la imprimen junto a la firma del nuevo responsable.
Más allá de su aspecto tierno, esta tradición busca dar un significado más profundo al proceso de adopción.
El objetivo es convertir un trámite administrativo en un compromiso de por vida, recordando que el animal no es un objeto, sino un ser vivo que merece respeto, cuidado y protección.







