

Por: Omar Mireles Penilla
Pareciera que todos los libros de cuentos, de manera obligada, se sitúan entre el amor, la locura y la muerte. El libro que Horacio de Quiroga publica en 1917, lleva un título difícil de eludir cuando de cuentos se trata y por decisión del autor, sin comas que separen lo que se presume un listado, una enumeración, según dice la regla que se rompe en: Cuentos de amor de locura y de muerte. Porque finalmente son temas que se entrelazan por sí mismos, uno lleva al otro como en un encabalgamiento, que así, como la figura poética modifica el ritmo y la cadencia, como sucede con la existencia misma, pero al mismo tiempo da una suerte de uniformidad, de proyección. La idea continua como continúa la vida en una suerte de espiral que se presume infinita. Los cuentos de Abdul S. Machi, se nos presentan así, en un encabalgamiento que nos permite relacionar cada una de las temáticas que nos comparte a través de los principios digamos “quiroguianos”, del amor a la locura a la muerte. Más otras temáticas que se van sumando en esa misma espiral.
Leer a Abdul, valga una figura literaria más, la metonimia, para sentirme cerca del autor, me ha llevado a muchas de mis lecturas de cuentos. A medida que fui avanzando, vinieron a mí autores que lleva uno hasta por nostalgia. He sido un asiduo lector de cuentos clásicos y del llamado cuento moderno, lo mismo disfruto a Maupassant, considerado dentro del realismo y del naturalismo, que el romanticismo de Edgar Allan Poe. Los cuentos de Abdul, me han llevado a diferentes periodos literarios como los anteriores y me han situado también de pronto en movimientos muy latinizados como el Realismo Mágico presente en, por ejemplo, en “El día que la muerte murió”. También, por supuesto, en una suerte de regionalismo-indigenismo que he visto en los cuantos de Francisco Rojas entremezclados con atmósferas que me remontaron a los cuentos de Juan Rulfo, como en: “Todo por unas vacas”.
Leo con atención el primer relato de Bajo la luna llena de la última canción, y renace de inmediato mi placer lector. La narrativa es lo suficientemente concreta para permitir una continuidad que siempre se agradece cuando de leer cuentos se trata. Y entonces uno disfruta de la voz de los personajes, en este caso, en “La rabia”, donde el personaje-protagonista; por momento, aunque triste, se muestra desenfadado. La locura le acompaña como expansión de la naturaleza de la palabra rabia. Ha sido un buen inicio. Un buen sabor literario de esos que hacen reamar las palabras en los cuentos. Además, surge esa reflexión ante los temas incómodos que el personaje mismo se encarga de hacer chocosos: “Me entró una locura de esas que les entra a los que les duele mucho algo, pero después recordé que la María a la que realmente había amado, no murió algunos días atrás, sino mucho antes”. ¿Cuántas veces esta sentencia enmarca el camino trágico de las mujeres en nuestro país? Irremediablemente la literatura de Abdul S. Machi, refleja la realidad y permite de alguna manera entenderla y más aún, detestarla desde el principio de la consciencia.
Debo decir que mi interés literario se perdió un poco al leer: “Un buen ladrón”. Aunque no dejó de ser interesante el paralelismo que buscó su autor en cuanto a lo que implica ser un ladrón y un gobernante. Pero, sobre todo, destaco lo momentos de soledad que pueden llevarnos a alucinar charlas, a necesitar compañías. En la soledad que no se desea, nos acercamos irremediablemente a la locura. Incluso leo este cuento un día después de que en la soledad de mi recámara, pude escuchar que alguien (ausencia) me llamó por mi nombre. Quizá, el ladrón y el gobernante representan ese diálogo con una suerte de espejo. Machi me hace preguntarme: ¿Quién sería mi personaje paralelo en tiempos de soledad?
¡Vaya continuidad de lectura! Me gusta leer un libro de cuentos en orden y justo cuando pienso en esa voz que susurró mi nombre, me encuentro leyendo: “Voces en el camino”. Y celebro el juego de palabras: “Siete voces: una lloraba, otra cantaba, otras hablaban y una callaba; otra, quizá reía…”. Y todas las voces están en la cabeza de uno solo, todas las voces, escuchadas desde afuera trastocan la tranquilidad de un personaje temeroso que puede estarlo tanto como yo, esperando la noche y deseando que nadie diga mi nombre. ¿Y si lo dijo una de mis voces interiores? Cuando niño amaba ese efecto que una serie de cuentos causaba en mi yo lector: Abdul me ha hecho recordar a Horacio de Quiroga, me ha hecho pensar en “La migala” de Juan José Arreola. Como de pasada, en “El Horla” de Guy de Maupassant, sobre todo por el tufo persistente a soledad y locura. En todas las historias, la constante es la voz de la consciencia, siempre poderosa. A la consciencia no se le puede mentir, no se le puede engañar.
Por cierto, “El engaño”, es un cuento que pierde cierta fuerza narrativa, la idea un celador que interroga a un preso en primera instancia, para que declare sobre un atentado, no es del todo creíble y aunque casi al final recompone tal idea, aclarando que el celador en realidad es un agente de investigación, no logra cohesionar todos los elementos que harían una trama concesible y la hacen sentir forzada. Hacia el final también resulta excesivo el intento de una sorpresa tras otra sorpresa en torno a todo lo que está en juego. Disfruto mucho los libros de cuentos que te van llevando una a otro, por un hilo conductor quizá imaginario en mi yo lector y, desde esa perspectiva, sentí que el engaño me soltó o hizo que me soltara de lo que en un principio he planteado.
Tuve que hacer una pausa en el camino para poder retomar ese hilo conductor que nunca debe soltarnos en los cuentos y afortunadamente lo volví a sujetar con la lectura de “Todo por unas vacas”. Sin duda, siempre, cuando escribimos, llevamos algo de aquellos a quienes tuvimos a bien leer. Y “Todo por unas vacas”, me llevó a los entrañables cuentos del Llano en llamas de Juan Rulfo, pero lo mejor es que no lo fue como una imitación, sino como a una aportación-extensión de aquello que la literatura tiene que decir entorno a la vida común de los hombres y mujeres comunes, donde de manera reiterada, ante asuntos ligados con la justicia, en realidad “justicia” es lo que menos hay. Alguien comete un crimen y alguien quiere venganza. Y aquello de “ojo por ojo y todos nos quedaremos ciegos”, frase que por cierto se le ha atribuido a Mahatma Gandhi, se hace presente como en “Diles que no me maten” de Rulfo.
En mi lectura, a pesar de la muerte de varios personajes, faltaba hacer apología de lo que implica morir. La pregunta siempre es la misma: ¿qué pasaría si de pronto nadie muriera? Las respuestas son demasiado obvias, sin embargo, la pura idea de que al final nadie pudiera morir es una tentación divina realmente. “No he de morir” y todo lo positivo que el fin de la finitud podría legar. Pero bien a bien sabemos que aquello redundaría en desgracia. El oráculo de los escritores siempre al servicio de la consciencia humana, así lo presente Abdul, quien se regodea en esta temática, con un título incluso, demasiado predecible como predecible resulta la finitud del ser, pero que no por eso quita fuerza al relato: “El día que la muerte murió”. Estoy de acuerdo con Abdul, cuando sitúa tal muerte en un pequeño pueblo, sin grandes reflectores. Una muerte cansada, no buscaría fama, tan solo desearía ser parte del infortunio de la humanidad desde la humildad y de todo aquello que osa vivir en el mundo. Dice José Saramago al principio de su novela: Las intermitencias de la muerte: “Al día siguiente no murió nadie, un hecho absolutamente contrario a la vida”. Y el intento de hacerlo patente una y otra vez siempre se agradece como parte de la muy necesaria consciencia humana sobre la muerte. Si hemos de morir, mejor será que de alguna u otra manera busquemos trascender. Inevitable citar a José Saramago una vez más y celebro que los cuentos de Machi me lleven a mis más preciadas lecturas, esas que a veces, por la vida cotidiana guardamos como a cachivaches en algún lugar de nuestra memoria lectora, pero que sabemos, que como trebejos, en algún momento hemos de necesitar:
Muerte. Dónde está tu victoria, sabiendo no obstante que no recibirá respuesta, porque la muerte nunca responde, y no es porque no quiera, es sólo porque no sabe lo que ha de decir delante del mayor dolor humano.
Pero también ante la muerte, el vivo, vivo está y debe seguir adelante, aunque a veces los actos se revisten de cierta amoralidad. Disfruté mucho la lectura de “Una tarde como todas”. Me hizo cuestionarme: ¿Qué cambia ante la muerte del otro? ¿Cómo reaccionamos ante las posibilidades de seguir vivos? Al final, más allá de la muerte eso es lo que queda, antes nuestras acciones y reacciones, cada tarde es como la tarde de siempre, mientras estemos vivos. Destaco en esta historia la motivación implícita a la renunciación y, también, como señalaba Hermann Hesse a la oportunidad del hechizo que en cada inicio nos protege y nos ayuda a vivir. Incluso ante principio que la muerte misma ha propiciado. Cuando leas este cuento lleva contigo al entrañable Jaime Sabines que en su “Tía Chofi” refiere: “Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi, pero esa tarde me fui al cine e hice el amor”. Quizá podamos entender la incomodidad del personaje, quizá ponernos en sus zapatos. La literatura de Abdul viene en todos los números, y nos queda a todos.
Hasta aquí no había tenido oportunidad de disfrutar la naturaleza poética de Abdul S. Machi, pero en “La lluvia”, desde un primer momento el lenguaje poético, nostálgico te cautiva. Me permito rescatar y destacar un fragmento:
–Mamá, ¿por qué la lluvia cae del cielo mojando todo lo que está a su paso?
–Es tan sencillo explicar eso de la lluvia: no hay más que ver cuántos ojos nos miran desde el cielo. Ésos que están arriba en el cielo, los que ya murieron, hacen un agujerito en la manta celeste, acomodan uno de sus ojos en él, y cuando ven todas las barbaridades que hacemos no pueden evitar que sus lágrimas caigan a través del agujero y lleguen hasta nuestro pedazo de tierra –explicó la madre.
–Pero… ¿De quién son esos ojos tan bellos y luminosos? –inquirió el niño.
–Pues, son los ojos de tu papá; los de tu abuela, de tu hermanito, de tu amigo Juan; también de tu perrito y de algún señor que murió solo y olvidado.
–Mamá, ¿algún día mi llanto será lluvia? ¡Eso me gustaría muchísimo!
–Sí, hijo. Pronto tendrás la fortuna de regar los más hermosos jardines…”.
Las negritas son mías y quiero en verdad subrayar esto que parece sentencia, que gran acierto de Abdul, irremediablemente hay que llegar al final de este cuento para saber qué diablos tiene la madre en mente, esa es la apología de lo que implica la intriga en un cuento y se debe destacar. Poesía y desgracia. ¡El lenguaje poético como el parteaguas de la hecatombe! Y nuevamente la locura de Quiroga, tan presente, por ejemplo, en la “Gallina degollada”. Misma poderosa intriga y misma poderosa locura que podemos disfrutar en: “Las manchas de sangre”.
Faltaría espacio para hablar más acerca de esta aportación literaria del maestro Abdul S. Machi, he ido leyendo cuento tras cuento: Cinco apartados nos dan pauta para tal lectura: El día que la muerte murió, El Jardín de Otneimirfus, Presurecciones, Un monstruo de tantos y Cuentos sueltos: Futurismo, nostalgia, fin del mundo, confusiones, creatividad, destino, dejadez, reconocimiento, desconocimiento. Y nuevamente una y otra vez el amor, la locura y la muerte… casi cincuenta cuentos para acompañarte en cada momento de tu día a día o de tu vida, de tu locura, de tu soledad y por qué no, para hacerte pensar en la posibilidad de tu muerte.
Un último apunte al respecto de la lectura de Bajo la luna llena de la última canción. Siempre el título, de un volumen de cuentos es más que importante, regularmente se utiliza el nombre de un cuento para englobar a todos, muchas veces del más impactante: “El diosero”, “El llano en llamas”. En otros libros los autores buscan un solo nombre para identificarlos a todos: “Bestiario” de Arreola, por ejemplo, donde efectivamente en cada cuento presente a una “bestia”. En el caso de nuestro autor, el título surge de la lectura de “Si miras debajo de la cama de un viejo”, en letras más pequeñas: La última canción, entre líneas, un viejo cantando bajo la luna llena. La necesidad de reconocer y el torbellino que puede arrasarlo todo al reconocerse. ¿Qué contiene una caja que un viejo esconde bajo la cama? Solo puedo decir que a veces es mejor ignorar aquello que se puede ir haciendo una obsesión, a riesgo de “desaparecer”.
Suena entonces la última canción y se abre en todas sus formas el telón del alma literaria de Abdul S. Machi. Sin duda hay que leer su alma en cada cuento.






